Varios días antes del comienzo de la guerra un oyente de una emisora de radio llamaba para decir que él sabía cuando una guerra estaba justificada: “al final hay que explicar a las madres de los soldados muertos que no había otra opción”.
Dos días después del comienzo de los bombardeos mi madre me decía que sentía miedo ante lo que estaba pasando y una “infinita tristeza” tras contemplar en televisión como se puede hacer llover fuego sobre una ciudad. Hablamos sobre cómo se sentirían sus habitantes y para ello trasladamos aquellas terribles fotografías a nuestra ciudad, nos imaginamos el horizonte de Madrid encendido y nos imaginamos el aspecto del Ministerio de Defensa ardiendo en la Castellana, el Cuartel General del Ejército y el de la Armada en Cibeles o el Palacio de la Moncloa y el Cuartel General del Aire en Moncloa. Desgraciadamene la foto era incompleta porque había que añadir varios ministerios más, el Parlamento y posiblemente el Palacio Real, sin duda, las instalaciones de Radio Televisión Española en Prado del Rey y las estaciones de Santa Eugenia, El Pozo y Atocha. Si tienes demasiada imaginación uno no tarda en empezar a llorar y… probablemente a odiar.
Hoy, tres días después del comienzo de la “Conmoción y [el] Pavor” (hay que ser muy valiente o muy imbécil para llamar así a una campaña bélica), me ha sorprendido que las lágrimas de verdad, esas que no percibes hasta que riegan toda tu mejilla y que te hacen dudar sobre si tu alma está en tu cerebro o en tu estómago, aparecieran tras contemplar el MIEDO en los ojos de un soldado estadounidense, niño atemorizado, prisionero de guerra, en los ojos del hijo de una madre que no va a entender que no hubiera otra opción.
Minutos después de esas imágenes aparece en el mismo telediario un señor de la guerra que pide que se trate a ese prisionero de la misma forma humanitaria en la que su pais trata a los prisioneros de guerra. Por favor, que eso no ocurra, porque moriría la esperanza de volver a ver la cara de ese niño sin miedo en sus ojos disfrutando en su pueblo de Kansas.
23 de marzo de 2003
Este escrito es muy especial para mi por infinitas razones, primero porque en él aparece como personaje una de las personas a las que más debo en la vida, mi madre, segundo porque soy madrileño y el día 23 de marzo de 2003 era incapaz de imaginar que mis pesadillas se iban a hacer dramáticamente reales un año después. Me he tomado la licencia de añadir Atocha, Santa Eugenia o El Pozo a la macabra lista de objetivos que mi madre y yo imaginamos. Es mi pobre legado a las víctimas de Marzo de 2004.
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